en Política

Pese a la abundante palabrería que circula sobre la concordia, el fin de las dos Españas, el restañar las viejas heridas, etc., parece que son escasos los auténticos deseos de reconciliación, así como los esfuerzos —en este tiempo de polarización de las posiciones— por alcanzarla.

Ejemplo reciente de que el tema dista mucho de estar superado es el discurso del Rey, el pasado 28 de junio (en el 40 aniversario de la democracia). Su intento de obviar la cuestión de los crímenes y rencores guerracivilistas ha recibido reacciones muy negativas. Probablemente era preferible hacer una referencia integradora más explícita en vez dar el tema por resuelto. Sobre todo porque al mismo tiempo se cruzaban en el Congreso los homenajes, como si fueran andanadas desde las trincheras. A los luchadores antifranquistas por un lado; a figuras como Martín Villa por el otro.

Como honrosa excepción a esa beligerancia, tenemos la acción del Ayuntamiento de Rentería, encabezado por EH Bildu, que ese mismo día realizó un homenaje, con participación de los familiares y de todos los partidos políticos, dirigido exclusivamente a las víctimas del terrorismo etarra habidas en la localidad. El relato del acto, conmovedor y estimulante, nos hace reparar con tristeza en la escasez de este tipo de acontecimientos y, por el contrario, en la constante utilización de la memoria como arma arrojadiza de unos contra otros en la contienda política.

Memoria arrojadiza

¿Cómo gestionar la memoria de las víctimas y la necesaria reconciliación, por ejemplo, en el País Vasco? Para el Partido Popular, ello debe empezar, sin duda, con una rendición lo más vergonzante posible, que el enemigo se ponga literalmente de rodillas. Tiene que quedar claro que nosotros y nuestras víctimas teníamos la razón completa; y que éramos y somos superiores. Los enemigos y sus muertos podrán aparecer acaso en la historia como perdonados, si han expiado hasta el fondo su culpa; pero respecto a ellos no puede haber equidistancia, como bien ha recalcado recientemente Pablo Iglesias, con la misma pauta mental, aunque a la inversa.

La memoria arrojadiza

Nada de que el recuerdo y el homenaje a las víctimas sea para reconciliar e igualar a todos, restaurar póstumamente un trato justo, y dar la inquina por terminada. No, la memoria histórica sirve a cada una de las facciones para recordar que los antepasados propios eran los buenos; y para aplastar simbólicamente, e incluso demandar que se juzgue y depure, a los muertos del otro bando. Solo tras el aplastamiento del adversario, nos avendremos a hablar de reconciliación. Por supuesto, tras este comportamiento político se encuentran a partes iguales la irracionalidad vengativa, y un interés utilitario cuantificable en votos.

En un principio (cuando la ley de Zapatero) parecía que esto de la memoria histórica iba a ser para la reconciliación y para ir cerrando las heridas que han dejado aquí y allá los múltiples conflictos del siglo pasado. La localización de las fosas, la identificación de los cuerpos, el adecuado enterramiento…, todo ello parecía ir en la línea de devolver la dignidad a los fallecidos y de dar a los familiares la oportunidad de realizar un adecuado duelo; sin que se planteara este proceso como algo reivindicativo o revanchista.

Luego, lo de las fosas fue erradicado presupuestariamente por el gobierno popular y, ya hoy en día, lo que se percibe bajo la retórica de la reconciliación es más bien una defensa a ultranza de los propios muertos y el ataque constante a los ajenos. De un lado el desprecio por los cadáveres en las cunetas, la reticencia a condenar la dictadura, y la idea más o menos disimulada de que el bando nacional estaba en lo correcto en su combate ‘inevitable’ contra las hordas comunistas. Y del otro lado, la reivindicación de la memoria antifranquista como proclamación de que los revolucionarios eran los buenos contra los esbirros del fascismo, los cuales deben ser arrastrados por el fango y pagar, aún hoy, por sus culpas. Es como si cada bando quisiera fortalecerse electoralmente y como identidad política, mediante el combate por una victoria póstuma y definitiva sobre el enemigo.

Y esta mentalidad sectaria y de doble rasero se repite en los temas más variados. Vemos por ejemplo al señor Alberto Garzón exigir a la derecha que abjure del franquismo, que lo condene e incluso que pida perdón con golpes en el pecho. Pero por su parte no es capaz ni siquiera de condenar la dictadura soviética, responsable de tremendas atrocidades… “El balance de la Revolución Rusa es positivo…” ha declarado recientemente (Tinta Libre, número de febrero, 2017). No es pues de extrañar que Garzón se negara a aplaudir la mención a Santiago Carrillo —que ya el año 1955 abogó precisamente por la reconciliación nacional— realizada por la presidenta del Congreso en el homenaje a la democracia. Y es que hoy parece que la reconciliación o el consenso son cosas de traidores y quintacolumnistas. Por el contrario, lo propio del auténtico luchador es agitar el árbol de la revancha y del antagonismo constante, a ver si así le llueven del cielo algunos miserables votos.

 

(Este artículo apareció originalmente en diario16.com, en este enlace)

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