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Tras ver la película «Drácula» (Terence Fisher, 1958) me han surgido una serie de reflexiones sobre la cuestión del terror y del mal.

Antes de nada: me parece comprensible que gusten las películas de la Hammer, pues presentan una factura estética sólida, cuidada, reconocible; y una narrativa muy clara y emocional. «Drácula», además, es de las mejores de Fisher, superior a otras («Las novias de Drácula», «La maldición del hombre lobo»), que me parecen mas pobres. Vemos aquí fluidos movimientos de cámara, acertadas situaciones de suspense, un conjunto bastante equilibrado…

Pero no quería ahora comentar demasiado sobre los rasgos cinematográficos que suelen ser comunes a muchas obras de esta productora (preeminencia de la producción, ambientación relamida, sensatez burguesa, música súper dramática y enfática, diálogos verbosos, consabidos y didácticos…), que a mí me transmiten una cierta pesadez e incluso aburrimiento. Pero no parece pertinente incidir en ello, pues soy consciente de que dichos rasgos cada uno los valora, según su gusto, positiva o negativamente; y que, en definitiva, se trata de una cuestión de preferencias y manías personales.

El monstruo irresponsable

Solo me referiré a un aspecto de tipo más general sobre el concepto de horror y el tratamiento del mal que veo en estas películas y en general en muchas del ámbito anglosajón. Y es que hay una dificultad en estas obras para entender y presentar el mal como algo que está dentro de la persona humana, es decir, como algo consciente, elegido o, al menos, asumido con responsabilidad.

Por el contrario, el mal siempre está en el monstruo, en lo inhumano. O, si es persona, el mal tiene que darse como enfermedad, como algo de lo que uno no es responsable. Por ejemplo, en el caso del Drácula de Fisher, para recalcar su carácter irresponsable, se lo define explícitamente como «adicto»… Es como si en la cultura del individualismo liberal, el individuo no pudiera albergar el mal si no está claramente justificado por causas que le eximan de la responsabilidad personal.

Por tanto, lo más frecuente en el cine industrial anglosajón de terror es que el mal lo encarne el monstruo (el alien, el yeti, el vampiro, el zombi…) o algún tipo de monstruo animal (el tiburón, la piraña…) que, en ambos casos, amenazan a las personas actuando como superdepredadores. O si no, un monstruo humano (el psicópata, el traumatizado, el drogadicto, el loco…). En este último caso, siempre personas irresponsables del mal que ejercen, por su locura, por la enfermedad, por el trauma que los arrastra a determinadas acciones…

Buenos y malos, San Jorge y el dragón

En definitiva, por muy sangriento y espectacular que sea el monstruo, es raro que la cosa vaya realmente del terror, sino más bien es una lucha de buenos y malos. En otras palabras, para esta mentalidad que describo, de la que Fisher es buen exponente, la cuestión se reduciría siempre a la lucha de San Jorge contra el dragón.

El dragón, el malo, es siempre el monstruo inhumano e irresponsable. Y el héroe, el caballero andante, es el individuo personal, sensato y racionalista que se enfrentará al monstruo con gran arrojo, eso desde luego, pero sobre todo con su saber, sus instrumentos y su astucia.

Da igual que sea «Alien», que «Drácula», que «Tiburón»: siempre veremos a un monstruo deshumanizado y, para derrotarlo, a un equipo de valientes expertos, estudiosos y buenos conocedores del funcionamiento del monstruo en cuestión (es la estandarizada badass crew y, en ese sentido, igual da el paleontólogo jurásico, el biólogo de «Tiburón» que el Van Helsing cazavampiros pseudocientífico).

Equipos de expertos - similares a los de Drácula

Grupos de expertos: El fuerte, el científico, el veterano, el héroe valeroso…

Se inicia entonces la aventura como una partida de videojuego o de juego de rol, cada bando tiene sus «poderes» (aplicados mecánicamente, como las tarjetas en el rol) y con ellos compite y procura eliminar los del otro. Hay aliados, persecuciones, trampas, como en cualquier película de aventuras.

Al final, llega el duelo definitivo, ya sea a puñetazos, a espada, con pistolas de rayos… da igual. Se produce un equilibrio de fuerzas, en cierto momento el héroe está a punto de sucumbir, pero en el último segundo, el individuo sensato y defensor de nuestro modo de vida logrará, con ese indispensable puntito de astucia o ingenio, reducir a las fuerzas no humanas, irresponsables y ciegas.

Drácula, el protagonista es el bien

Pese a su aparente protagonismo, el monstruo aparece poco, solo cuando realiza sus ataques furiosos, luego se retira a su cueva, a su ataúd, a las profundidades del mar. Hay que entender que el monstruo no es una persona, no tiene vida privada, ni conflictos, ni luchas o desgracias, no sufre. Es, en resumen, muy poco interesante. Por lo tanto, aunque la película se titula con su nombre, el monstruo no es el protagonista, es un mero secundario de lujo, a veces reducido a un simple muñeco o artilugio…

El verdadero protagonista es siempre el bien, el sensato individuo moderno y con conocimientos; él y su equipo (el experto, el duro, el gracioso, la chica…) son los verdaderos protagonistas. Su unión, sus relaciones y, sobre todo, sus armas, sus conocimientos sobre el monstruo; esos son los factores esenciales. En «Dracula», vemos al ínclito Cushing dando un par de lecciones magistrales sobre el vampirismo, es todo un experto que incluso graba en audio sus observaciones «científicas»…

Drácula - Helsing como experto

Van Helsing como «cazavampiros científico»

Van Helsing y Harker, de hecho, tenían montado un grupito de cazavampiros con su instrumental y sus estrategias que lo mismo podrían valer para ir a por Drácula, que a por el Alien, que a por el tiburón, que a por King-Kong… Son en todo caso agentes de un racionalismo cientificista, que se pretende libre de todo mal interior, y que es siempre capaz de erradicar el mal exterior, el monstruo, el poseído, el adicto, el terrorista.

La narrativa como juego de rol

Entre esos dos bandos bien definidos se inicia una partida de rol, con intercambio de escaramuzas, conquista o pérdida de poderes, bajas en uno y otro bando… Y en eso consiste la estructura narrativa: un crescendo de episodios, bien planificado para producir el efecto deseado, siempre puntuado por una música fuerte, dramática que resalta las escenas y genera emoción al espectador; y, por supuesto, con los requeridos efectos especiales de impacto… Hasta que llega el mencionado duelo final, la astucia in extremis y la victoria apurada pero obligatoria y ya sabida…

En fin, no vamos a ser puristas, todos hemos visto miles de estas películas (pues son prácticamente todas las industriales anglosajonas) y, por supuesto, si están logradas y el tema nos complace, podemos disfrutarlas como forma de entretenimiento, ya que para todo hay un momento en la vida. Pero, sinceramente, no es fácil tomarlas demasiado en serio como obras adultas, por muy potente que sea la producción. Parecen ser más bien historias de diversión adolescente, amén de una forma de extender esa mentalidad individualista competitiva entre la población…

En fin… bien están sin duda esos momentos de evasión, pero además de ellos, y más allá de un guión estandarizado, de manual, con cada paso mascado y señalizado, se echa en falta algo más para la verdadera inquietud del terror, un vacío, un misterio, una extrañeza… También un drama, un horror personal, un conflicto, una maldad más allá de la agresión directa; en vez de la simple lucha heroica del «chico» contra el ataque salvaje del monstruo, y poco más.

Maldad verdadera

Lo cierto es que resulta difícil encontrar malos interesantes, con un discurso, con una responsabilidad o un conflicto. Personajes capaces de maldad verdadera y cruel (cierto Lecter puede que sí vaya en esa línea…), y no solo del ataque vacío propio de un depredador. Recuerdo por ejemplo al Nosferatu de Herzog, atormentado y sufriente, asqueado de su vida de sangre y aislamiento, en contraste con el atildado Conde, impoluto, «icónico», como recién salido de Buckingham Palace.

Malos que son los protagonistas por decisión, no ciegamente arrastrados por un trauma; o que, si les ha caído la maldición, se responsabilizan de su lucha en primera persona, asumiéndola como propia, a la manera de Daninsky.

Malos, en todo caso, que no dejen el protagonismo a los justicieros racionalistas, cazafantasmas y defensores de statu quo

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